Edicion N° 47
Septiembre 2015

El refugiado espectacular. Aylan y la vida desnuda
Por Luna Follegati Montenegro
Nos hemos dado cuenta que murió. La muerte de Aylan da cuenta de forma estrepitosa en que Europa y el mundo perciben su muerte, mediante una fotografía que estalla de violencia, precariedad, impotencia y dolor. Su partida nos informa que alguna vez estuvo vivo, que tuvo un pasado, una historia una vida y familia. Que fue un niño, pero desnudo y precario dentro de un contexto que atenta contra los vestigios de una humanidad que clama por su existencia.

Y es que esta humanidad se ha vuelto indolente frente a aquellas vidas. Como bien dirá Judith Butler, nos tornamos indiferentes frente a vidas que –envueltas en un halo de resistencia– atentan contra un mundo que parece no querer mirar el despojo de la guerra, los refugiados y su resistencia. Vidas precarias, vidas desnudas, que coexisten en un entramado jurídico, económico y político que posibilitan su persistencia y sobrevivencia, mientras el desborde del mar nos demuestra, una vez más, el anonimato de aquellas barcazas que cruzan en busca de un destino, de una posibilidad de sobrevivir.

Lo dramático de la espectacularización de la imagen de Aylan, la mediatización de su muerte y el “despertar” de la conciencia humanitaria, es justamente la constatación de que es necesaria la visibilización (macabra y morbosa) de la fragilidad de la vida, de lo expuesto de la infancia y de lo indefenso. No es la guerra lo que nos indigna, no es su muerte lo que nos atormenta, es verlo en nuestro televisor, en nuestro living. Cuando aquella realidad ingresa a nuestras vidas incorporándose en la cotidianeidad, como si recién existiese. Sólo ahí defendemos la vida, sólo ahí pensamos que quizás podrían ser nuestros hijos. Sólo ahí comprendemos que existía una guerra, orquestada por intereses globales, económicos y políticos, que aniquilan sistemáticamente a familias enteras que luchan por permanecer vivos.

Bulter enfatiza: “La fotografía, mostrada y puesta en circulación, se convierte en la condición pública que nos hace sentir indignación y construir visiones políticas para incorporar y articular esa indignación”[1]. Este doble juego comprendido entre la toma de conciencia y la acción, nos recuerda el necesario artejo entre los precarios. De comprender y responder frente a un entramado de violencia que posibilita una lucha, a la potencia de la respuesta luego de la agresión. Los sin-estado dan cuenta de la urgente superación de las de los paradigmas securitarios, de vigilancia y de las mismas fronteras, que orquestan modos de inteligibilidad que legitiman el funcionamiento de los estados, como también, de los lindes de lo humano. Legalidad, estado y humanidad conjugan un juego normativo que en este caso define y permite quién y cómo muere, quienes viven y sobreviven.

Los cuerpos de los inmigrantes, desplazados y refugiados aparecen como un archipiélago de excepciones, de vidas desnudas o abandonadas carentes de estatus y próximos a habitar una nueva normatividad constitutiva de los efectos del capitalismo y su geopolítica mundial[2]. Esas nuevas categorías próximas al despojo y a la no pertenencia, se tiñen de una estigmatización social y racismo, encarnando los fantasmas monstruosos de una multitud deshumanizada. El acceso a la ciudadanía se torna no sólo una posibilidad de goce de derechos y beneficios básicos, sino que también la producción automática de un resto, aquel que se convierte en la parte constitutiva de un sistema económico que produce en la medida que el tercer mundo solventa mano de obra precarizada para las tareas productivas. Tanto desde este ámbito, como el de la guerra, observamos la utilización del acceso al espacio ciudadano desde la producción y establecimiento de una población abandonada.

Lo concreto es que este abandono es quizás el lugar común de un mundo inconsciente respecto del otro. Esta semana un llamado alertó a la policía de que un niño de dos años yacía desnudo alimentándose de la leche de una perra, solo y en evidente estado de desnutrición[3]. Dos niños en un intento extremo de sobrevivencia, uno vuelto fotografía y testimonio, internacionalizado y convertido en un bastión de defensa de los derechos humanos y de los refugiados. El segundo, un niño víctima de un escenario de pobreza, de violencia y despreocupación. Niños que no interesan, niños que conviven en nuestro mismo territorio. Si hemos perdido la capacidad de asombro, si nos hemos vuelto indolente respecto del otro y sólo nos damos cuenta de su existencia mediante la espectaculariación y el morbo, es porque justamente hemos dejado de ver aquel niño que deambula por nuestras calles, esos niños niños que no aparecen en los noticiarios sino que a través de una grotesca noticia que impacta, sobre todo por ese límite que nos acerca a una condición de animalidad, de lucha por la sobrevivencia.

La promesa del estado nación se vuelve paradójica en este contexto. Y es que la condición común tiene un nombre que lo cruza, y es el capitalismo. El estado regula la violencia necesaria que requiere lo económico para su subsistencia, las democracias lo administran para su auto sustentación y legitimación. Violencia económica, nacionalista y jurídica que coexiste con una realidad que desde la sacralidad ciudadana nos resistimos a concebir. Es urgente nuestra respuesta, es imperativa nuestra acción con el otro, frente al otro y desde la condición común que compartimos como vidas en un estado de inminente abandono. Ya es demasiado.

NOTAS

[1] Butler, Judith. Marcos de Guerra. Las vidas lloradas. Ed. Paidos. Buenos Aires, 2010. P. 115.

[2] Butler, Judith y Spivak, Gayatari Chakravorty. ¿Quién le canta al Estado-Nación? Ed. Paidós. 2009.

[3] http://www.biobiochile.cl/2015/09/03/carabineros-encuentra-a-nino-abandonado-que-estaba-siendo-amamantado-por-una-perra-mestiza-en-arica.shtml
 
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