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Edicion N° 47
Septiembre 2015
 

¿Qué es un refugiado? ¿Cuál es su potencia, su condena?
Por Kamal Cumsille Marzouka
El refugiado es el reverso de la persona. Exhibe todo lo que la persona puede, de un momento a otro, dejar de ser a pesar de las declaraciones universales de derechos. Evidencia el hecho que el ciudadano, existe solo con la imposición de un régimen jurídico amparado en la violencia, que gobierna a los sujetos y los convierte en personas. Si la fotografía del niño sirio Aylan resulta pornográfica, es porque muestra al desnudo la posibilidad de despersonalización (el despojo de su calidad de persona) que puede llegar a ocurrirle a cualquier ser humano, una realidad que por lo demás, nadie quiere ver y que, cuando estalla, excita de “humanismo” a medio mundo. Precisamente el refugiado muestra que no por ser un ejemplar de la especie animal humana, se es persona.

Es momento de aceptar que los derechos universales no existen. Que, así como el derecho en los Estados es un aparato de gobierno de las clases dominantes, los principios del derecho internacional son también, un aparato de influencia, dominio y colonización de las potencias dominantes. Es por eso que, así como Benjamin sostenía en sus “Tesis sobre el concepto de historia” que: el asombro ante el estado de excepción hecho regla en pleno siglo XX no ha de ser un asombro filosófico; hoy debemos ver lo mismo en Aylan y la crisis de los refugiados sirios. Asombrarnos porque esto ocurra en pleno siglo XXI no es un asombro filosófico.

Es por esto que, el refugiado debe ser la categoría desde la cual debemos a comenzar a pensar la política, por sobre la del ciudadano, algo que viene ya planteado desde Hannah Arendt y recogido por Agamben. En esta época, el ciudadano de los estados democráticos capitalistas es, cada vez más, un consumidor que reclama derechos como tal en lugar de como ciudadano, ha sido subjetivado bajo la idea según la cual su “bien” depende de “su” esfuerzo “personal”, “individual”, y esto no se logra sino a través de la expresión de un interés. Por otro lado, el aumento de países en desintegración o agudas crisis políticas y económicas, ha producido en los últimos años lo que actualmente, a partir de la primavera árabe (y sobre todo con el conflicto sirio), ha explotado como la “crisis de los refugiados”. Así es como aumentan los consumidores o los refugiados, pero disminuyen los ciudadanos en el mundo. El consumidor es la figura capitalista asignada al ciudadano, es el destino que se le pretende dar. Es la vida desnuda administrada por el gobierno económico, la manipulación de la circulación de los intereses – lo que Foucault llamaba “la gubernamentalidad”-. Así, puede que la diferencia entre el consumidor y el refugiado sea solo de grado: el consumidor vive en la desnudez, expuesto al despojo por parte de las clases dominantes o expuesto al asalto por parte de la delincuencia que el sistema produce y alimenta, y que lleva a la tendencia hacia la vigilancia panóptica que pone en relación a las fuerzas policiales con la industria de la seguridad. Pero el consumidor vive una ilusión de felicidad dada por la libertad económica de elegir que el sistema ofrece. Ilusión alimentada y sostenida a través de un permanente espectáculo mediático (Es por eso mismo que el mundo ha reaccionado ante el desastre sirio solo a partir del espectáculo de la foto del pequeño Aylan). El refugiado en cambio, es la vida desnuda no administrada pero sometida a cualquier cosa. No vive ninguna ilusión y, su destino es para él de la manera más evidente y descarnada, la exposición al despojo que todos padecemos. Es la real potencia de lo humano pero, por lo mismo, tiene un destino posible, que puede ser feliz como desastroso, que es como hasta hoy se nos ha mostrado. De modo que, la potencia del refugiado es la vida misma -la vida sin inscripción alguna, inasible al gobierno hasta que se transforma en espectáculo, que muestra a este mismo la potencia de su desastre-, pero su destino puede ser por ello la peor condena, la reducción de esa vida a una absoluta desnudez desprovista de todo derecho.
 
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